Después del parón estival, creo que es hora de retomar la vida dónde la dejamos antes de los extraños meses vacacionales para los afortunados. Los currantes como un servidor aprovechamos las vacaciones para trabajar aún más. Sobretodo si se tiene un proyecto final de carrera de por medio.
No sabría como describir este verano. Tal vez la palabra idónea sería intenso. En todos los aspectos. En mi profesión (que me gustaria saber aún cual es) y en mi vida en general los veranos acostumbran a ser mucho más duros que el resto del año. De vacaciones nada, monada.
Será por lo de ser estudiante y de universidad privada que, durante el verano me toca currar para pagarme el curso. Pero este verano se termina todo. El 18 de octubre entrego mi Proyecto Final de Carrera y, claro, termino la carrera. Entonces el síndrome de Peter Pan que todos llevamos dentro (y en especial un servidor) empieza a comerte por dentro, empezando por el estómago, poco a poco te va destruyendo y mientras desapareces, una retahila de preguntas salen vomitadas por tu boca: Qué voy a hacer ahora? Que quiero hacer? Dónde? Con qué dinero? Pero antes de desaparecer del todo, un día te encuentras sentado en el tren, volviendo de Barcelona. Todo el ambiente se ve envuelto de colores rojizos y anaranjados por culpa de esos ocasos de verano que la gente normal (nadie, pues los normales no existen) acostumbra a ver en la playa. Y te quedas mirando a la lejanía, absorto en tus pensamientos. ¿Cómo he podido llegar a este punto?
Sí, has llegado a ese punto. Ese punto en el que no sabes lo que estarás haciendo dentro de un mes. Ese punto en el que una extraña sensación se apodera de ti y no te deja pensar en nada. Pero callas y observas todo lo que pasa. La gente te pregunta ¿Cómo va todo? y tu les miras y sonríes. Va bien. Que vivan los eufemismos. Nada va bien, llevas una depresión del copón encima pero suficiente tenemos todos para que, además, venga alguien como tu y le eche todas las inseguridades y penas que le pasan por la cabeza.
Pero, entonces, pasa algo raro. El pitido de las puertas del tren te despierta, ves como se cierran y un millón y medio de metáforas te pasan por la cabeza. Y todas y cada una de ellas son topicazos, aquellos mismos tópicos de los que huyes. Miras de nuevo por la ventana mientras escuchas alguna canción alegre que, en su momento pensaste que te ayudaría a seguir sonriendo a la mujer de 40 años repintada que se sienta frente tuyo y no deja de lanzarte esquivas miradas. No funciona. La canción no ayuda y lo que antes pensabas que era alegría ahora se vuelve terror y sabes que ya nunca más podrás volver a escuchar esta canción sin evitar pensar en la señora repintada y en este momento de tu vida que esperas que pase, o que te ayuden a pasar. Aunque no tienes demasiadas esperanzas de que eso pueda suceder.
Nadie te dijo cuando te dieron el carnet de postadolescente que sería tan duro mirar hacia adelante y no ponerte a llorar como un niño. Eso sí que te lo enseñaron bien, los hombres no lloran. Se quedan mirando hacia adelante y mueren cada día un poco por dentro. La señora repintada se levanta de su silla y, al pasar junto a tu lado hueles el perfume a coco que tanto odias y que, inexplicablemente, tanta gente lleva. En medio de una arcada levantas la cabeza y te das cuenta que te has pasado tu parada. La historia de tu vida. Te bajas en la siguiente y de golpe sientes el peso de toda una vida de preocupaciones en tu espalda. Te sientas, estas a punto de estallar pero te das cuenta que el peso que sentías no era nada más que tu portátil en la mochila. Lo sacas y miraculosamente encuentras una red wifi. Te das cuenta que estas rodeado de gente que no te mira, que no sabe quien eres. Gente a la que no le tienes que sonreir para hacerle ver que todo va bien. Gente que, igual que tu, tiene sus problemas, aunque sabes que los tuyos siempre son los peores. Y te preguntas, que puedo hacer por ellos? Cómo les puedo ayudar? Cómo me puedo ayudar? No puedes. Ellos lo saben y tu lo sabes. Pero lo intentas, y por eso, entre ataque de ansiedad y sonrisa forzada escribes 837 palabras en tu blog, para que todos sepan que siempre hay esperanza, que nadie está solo en el mundo, aunque lo parezca.
Cuando lo has soltado todo, alguien te llama desde atrás. Primero no te giras. Te preguntas si será aquella persona que igual que tu está perdida y confusa. Te empiezas a girar mientras un escalofrío recorre tu columna. Dónde esperabas ver a una persona mirándote ves a millones. Y es que todo el mundo está perdido y confuso.