Antes de empezar quiero aclarar un par de cosas. La primera es que soy un gran fan de la obra de Tolkien y de la trilogía cinematográfica que sobre las obras del autor realizó el maestro Peter Jackson. La segunda es que soy consciente de ello y que cuando me planto delante de un film con la misma temática que dichos libros intento olvidarme de lo que he visto y leído, y juzgar la película por lo que es en sí misma y no comparándola con la citada adaptación.
Así entré a ver Eragon, la primera parte de la trilogía, aún inacabada, El legado, escrita por Christopher Paolini, un joven de 23 años (tenía 20 cuando se publicó Eragon). El legado, al igual que la mayoría de sagas de fantasía épica, ha favorecido la creación de comunidades de fans por todo el mundo, de tal modo que las expectativas creadas alrededor de esta producción no eran pocas. El director de la película en cuestión es Stefen Fangmeier, un debutante que viene del mundo de los efectos especiales. ¿Os suena un hombre llamado Pitof? El caso de Fangmeier resulta muy parecido, lo que pasa es que éste no ha contado en su ópera prima con la mano de Marc Caro, ni a Jean-Christophe Grangé en el guión. Así le fue después al primero en Catwoman.
La película no empieza mal del todo, presentándonos a los personajes principales, que, a decir verdad, son un poco típicos. El joven Eragon (Edward Speleers) es un campesino que vive con su tío y su primo en un pueblecito, dentro de un imperio gobernado por el malvado rey Galbatorix (John Malkovich). El rey traicionó a todos los caballeros conocidos como Jinetes de Dragón, matándolos y erigiéndose como el último Jinete de Dragón del Imperio. Aun así, la elfa Arya (Sienna Guillory) consigue robarle un huevo de dragón que posteriormente hará llegar a manos de Eragon, el elegido para ser el siguiente Jinete de Dragón. Para ayudarle a convertirse en lo que el destino le depara contará con la ayuda del presunto loco del pueblo (Jeremy Irons), que sabe mucho más de lo que aparenta.
Empecemos por lo bueno, pues acabaremos antes: los efectos especiales. Son bastante aceptables en general. Lo mejor, de lejos, de la película es el dragón Saphira, espléndidamente realizado. En ocasiones uno se queda embobado mirándolo, pues está muy bien acabado. Eso sí, estoy seguro de que se han dejado gran parte del presupuesto en la dragoncita, porque en algún momento hay cortes y fundidos que parecen revelar una estrategia para ahorrar dinero al evitar de esa forma tener que animar al dragón.
Por otro lado, es un error -y me cuesta entender por qué ha ocurrido- que la película dure tan poco. Una hora y media de metraje es insuficiente para contar un libro de esta envergadura. Este otro hecho me lleva a pensar que se les fue la mano y tuvieron que recortar por donde pudieron, pues a más escenas más dragón, y a más dragón más dinero. Esta corta duración provoca que al espectador le falte información. Algunos ejemplos muy claros: en ningún momento a lo largo de toda la película se dice que Arya es una elfa, la palabra enano suena tan sólo una vez, y las descripciones del mundo de fantasía brillan por su ausencia. Si tuviera que definir Eragon diría que es un intento de unir el montaje y la estética de El Señor de los Anillos con los movimientos de batallas de Las Crónicas de Narnia. Todo de forma cutre y mal hecho.
Por si no fuera suficiente, gracias a la magia del montaje, Fangmeier consigue que no veamos absolutamente nada: las batallas se hacen arduas y aburridas, pues sólo vemos a gente dando golpes y corriendo. No deja ver movimientos de lucha. De hecho, un movimiento que le vemos a Arya, curiosamente, me recordó mucho a los que hacía la Bruja Blanca en Las Crónicas de Narnia. Sólo la lucha final vale un poco la pena, aunque el desenlace de ésta se pierda a la hora de montarlo. Lo que supongo que querían que fuera la gran batalla final de la película resulta pobre y absurda. Primero, por los planos copiados burdamente de El Señor de los Anillos: las dos torres. No me lo podía creer. Muchos recordamos a Saruman arengando a las tropas en su fortaleza de Orthanc. Pues bien, hay una secuencia idéntica a ésta en Eragon. Pero además, el sonido ni de lejos es el mismo y los miles de soldados orcos se sustituyen aquí por unos centenares mal hechos. Por su parte, la majestuosidad de Saruman contrasta con la fealdad del secuaz de Galbatorix. Hay más: la batalla posterior tiene extrañas similitudes con la batalla del abismo de Helm. No hace falta ser un fan de la trilogía de Tolkien para percibirlas. Y lo que es aun peor, de la batalla vemos poco, pues en seguida pasamos a la lucha final.
Sumémosle que la banda sonora aspira a mucho y se queda en poco. Se repite y es más de lo mismo que ya hemos visto en otras películas similares. En definitiva, Eragon tenía que ser la película de estas Navidades y seguro que lo será, pero no por ser una cinta bien hecha.
Correción: AntoineCee (altafidelidad.org)